¿De quién es tu web? Dominio, hosting y código: quién tiene las llaves

LLave

Pagaste tu web. Tienes la factura, el justificante de la transferencia y hasta un correo dándote las gracias. Enhorabuena: todo eso demuestra que pagaste. No demuestra que la web sea tuya.

Son cosas distintas, aunque nadie te lo haya contado. Y la diferencia tiene una costumbre fea: se descubre siempre en el peor momento posible. Cuando quieres cambiar de proveedor. Cuando el proveedor deja de responder. O cuando el dominio caduca un viernes por la tarde y tu correo y tu web desaparecen juntos, en silencio, como se van las cosas que nunca fueron tuyas.

Una web son tres llaves

Lo que llamas «mi web» son en realidad tres propiedades distintas, que pueden estar —y a menudo están— en tres manos distintas:

  • El dominio: tu dirección. El nombre que escriben tus clientes y al que llega tu correo.
  • El hosting: tu local. El servidor donde la web vive y funciona.
  • El código y los contenidos: el mobiliario. El diseño, los textos, las fotos, la programación.

De tu nave industrial sabes exactamente de quién es cada papel: la escritura, el alquiler, las máquinas. De tu web —que atiende a tus clientes más horas que la nave— probablemente no sabrías decir ni una de las tres. No es un reproche: es que a casi nadie le interesaba que lo supieras.

Llave uno: el dominio, o cómo regalar tu nombre

Es la llave más grave, y la que más veces está en el bolsillo equivocado.

Cuando se contrata una web, alguien registra el dominio. Si ese alguien fue tu proveedor y lo puso a su nombre «para facilitarte las cosas», tu nombre comercial en internet le pertenece legalmente a él. Tú pagas la renovación cada año, claro. Pagas el alquiler de tu propio apellido.

Seamos justos con las causas: a veces es dejadez, sin más. El proveedor registró el dominio con su cuenta porque era lo rápido, y ahí quedó. Pero otras veces es modelo de negocio: un cliente que no puede llevarse su dominio es un cliente que no se va. El sector lo llama fidelización. Tiene otro nombre.

Comprobarlo no requiere saber nada técnico. La titularidad de los dominios consta en registros públicos que cualquiera puede consultar, y tu proveedor puede darte acceso al panel del registrador en minutos si quiere. Pídeselo y cronometra. La respuesta te dará un dato; la velocidad de la respuesta, otro mejor.

Llave dos: el hosting, o el local con el casero dentro

Aquí conviene afinar, porque no todo lo que parece secuestro lo es.

Que tu web viva en el servidor de tu proveedor puede ser perfectamente legítimo. Es el modelo habitual del mantenimiento serio: él gestiona el servidor, las copias, la seguridad y las actualizaciones, y tú te dedicas a tu negocio. Igual que tener el género en un almacén logístico no significa que el género sea del almacén.

La línea que separa el servicio del secuestro es una sola pregunta: ¿puedes irte con tus cosas? Una copia completa de tu web, tus contenidos y tu base de datos, entregada sin dramas cuando la pidas. Sin semanas de silencio. Sin un presupuesto sorpresa en concepto de «costes de recuperación» — que es como llamarle coste de recuperación a devolverte lo que es tuyo.

El casero puede gestionarte el local. Lo que no puede es quedarse tus muebles si decides mudarte.

Llave tres: el código, o la letra pequeña que nadie escribió

La más resbaladiza de las tres, porque aquí el problema no suele ser lo que firma el contrato, sino lo que el contrato no dice. Si nada establece lo contrario, la propiedad intelectual de un desarrollo puede quedarse en quien lo escribió. Tú compraste una web; él conserva los planos.

Tres situaciones distintas que conviene saber distinguir, en tres frases:

  • Código a medida: alguien lo escribió para ti; de quién es debería decirlo el contrato, por escrito y sin poesía.
  • Plantillas y temas: funcionan con licencia de uso; no son tuyos ni lo serán, pero debes saber qué licencia es y quién la paga.
  • Gestores de contenido libres (como WordPress): el sistema es de todos y de nadie; lo que importa es quién controla tu instalación y tus datos.

Y queda la versión moderna del problema: las webs montadas en plataformas cerradas de las que no se puede exportar nada. Ahí ya no es que el proveedor tenga la llave. Es que el edificio no tiene puerta, y lo descubres el día que quieres salir.

El test de la mudanza

Imagina que mañana decides cambiar de proveedor. No porque vayas a hacerlo: porque poder irte es la única prueba de que algo es tuyo. Lo demás son sensaciones.

El test tiene cuatro preguntas:

  • ¿El dominio está a tu nombre y tienes acceso al panel donde se gestiona?
  • ¿Tienes —o puedes pedir y recibir— una copia completa de tu web y tus datos?
  • ¿Sabes qué dice tu contrato sobre la propiedad del diseño y el código? ¿Hay contrato?
  • ¿Los accesos los tienes tú, o los tiene «el chico que nos hizo la web», esa figura mitológica del empresariado español, ilocalizable desde 2019?

Cuatro respuestas afirmativas: tu web es tuya, duerme tranquilo. Una sola negativa: tienes deberes, y mejor hacerlos un martes cualquiera que el día que haya prisa, porque estas cosas, con prisa, cuestan el triple y se negocian desde el lado débil de la mesa.

La prueba del algodón

Hay una forma rápida de saber con quién estás tratando, sea tu proveedor actual o uno que estés a punto de contratar. Hazle esta pregunta: «¿Qué es mío y cómo me lo llevo si algún día me voy?»

Un proveedor serio responde con un documento. Lo tiene preparado, porque la pregunta le parece normal: la propiedad del cliente no es un tema incómodo para quien no vive de retenerlo. Uno que no lo es responde con un suspiro, un «es complicado» y una vaga referencia a temas técnicos que mejor no te explica.

La pregunta es gratis. La reacción vale más que todas las reseñas de Google juntas.

Y sí: esta pregunta nos la puedes hacer a nosotros. La respuesta está por escrito y se entrega el primer día, no el día que te enfadas. Pregúntanosla cuando quieras.