Por qué dos presupuestos para «la misma web» pueden diferir x10
Pediste presupuesto para tu web a tres sitios. Mismo encargo, explicado con las mismas palabras: una web para la empresa, con sus páginas de servicios, su formulario y su «que se vea bien en el móvil».
La palabra «web» no significa nada
«Una web» es como «un vehículo»: dentro de la palabra caben el patinete y el camión de obra. A nadie se le ocurre pedir tres presupuestos para «un vehículo» y escandalizarse de que difieran. Con las webs se hace todos los días.
La razón es comprensible: el comprador no tiene forma de ver la diferencia. Los tres proveedores le enseñarán algo bonito en una pantalla, y las tres pantallas se parecerán. La diferencia no está en la pantalla: está en todo lo que la rodea. En lo que pasó antes, en lo que pasará después y en lo que hay debajo.
Lo que de verdad varía.
Lo que pasa antes de diseñar. En un extremo: nada. Se abre la plantilla y se empieza. En el otro: alguien estudia tu negocio, tu cliente y qué tiene que conseguir esta web exactamente, antes de dibujar un solo píxel. Es la diferencia entre el traje de mercadillo y el traje a medida. Los dos tienen mangas; solo uno se hizo mirándote a ti.
Quién escribe los textos. La partida fantasma de los presupuestos baratos. Las opciones reales son tres: los escribe un profesional (y cuesta), los escribes tú (sorpresa que descubres a mitad de proyecto, cuando te piden «el contenido» y el proyecto se para tres meses en tu bandeja de pendientes), o no los escribe nadie y la web se entrega con generalidades intercambiables. Búscalo en la letra pequeña: «contenidos facilitados por el cliente» es la frase que convierte un presupuesto de 600€ en uno de 600€ más tu tiempo, que curiosamente nunca se factura pero siempre se paga.
Plantilla o medida. Las dos son legítimas. Una plantilla bien elegida y bien adaptada es una opción razonable para muchos negocios, y un desarrollo a medida es otra cosa, con otro proceso y otro precio. El problema no es ninguna de las dos: es cobrar la primera al precio de la segunda. Y a simple vista no se distinguen, que es precisamente con lo que cuenta quien lo hace.
Lo que pasa después. El presupuesto barato termina el día de la entrega: web publicada, factura cobrada, suerte. El serio especifica qué pasa el mes siete: quién actualiza, quién hace copias, qué cubre la garantía, cuánto cuesta un cambio. Una web sin «después» no es más barata: es una cuenta atrás con el contador oculto.
De quién queda todo. Ya dedicamos un artículo entero a las llaves, así que aquí solo el resumen contable: hay presupuestos de entrada baratos que se financian con el secuestro posterior. El dominio a nombre del proveedor, la web imposible de mudar, cada cambio facturado a precio de rescate. El precio de entrada no es el precio.
Lo invisible de verdad. Rendimiento, seguridad, cumplimiento legal: que cargue rápido, que no sea un colador, que el formulario y las cookies cumplan la normativa de protección de datos. En el presupuesto barato, nada de esto es peor: directamente no está. No lo quitaron para ajustar el precio. Es que nunca entró.
El pecado simétrico: el caro también necesita explicarse
Sería cómodo terminar aquí, con la moraleja de que lo barato sale caro. Pero falta la mitad incómoda: el precio alto tampoco garantiza nada.
Existen presupuestos de 12.000€ que contienen 3.000€ de trabajo y 9.000€ de estructura: reuniones con tres personas que jamás tocarán tu proyecto, metodologías con nombre en inglés que significan «reunión» en todos los idiomas, y una partida de gestión cuya función principal es gestionar la propia partida. El cliente paga la nave de la agencia, el rótulo de la agencia y el café de la agencia, y en algún lugar de la factura, también su web.
La regla es simétrica: un precio alto sin desglose merece exactamente las mismas preguntas que uno bajo. La opacidad no mejora añadiéndole ceros.
Cómo comparar de verdad: las mismas cinco preguntas a los tres
La salida no es comparar números. Es comparar respuestas. Haz a los tres proveedores las mismas cinco preguntas y apunta lo que digan:
- ¿Quién escribe los textos, y está incluido?
- ¿Qué objetivo medible tiene que cumplir esta web? ¿Cómo sabremos en seis meses si funciona?
- ¿Qué pasa después de la entrega: cambios, copias, actualizaciones, y a qué precio?
- ¿Qué es mío y cómo me lo llevo si algún día me voy?
- ¿Qué no está incluido en este presupuesto?
La última es la mejor de todas. El presupuesto honesto tiene esa respuesta preparada, porque sus límites están pensados; el otro improvisa, generaliza o se ofende. Y la cuarta ya la conoces: es la prueba del algodón de la propiedad, y sigue funcionando igual de bien en fase de presupuesto, que es cuando más barata sale.
Con cinco respuestas por proveedor, el x10 se explica solo. Y a veces el resultado sorprende: el de 3.000€ resulta ser el caro, porque no incluye casi nada de lo que prometía el precio, y el de 12.000€ el barato, porque incluía cosas que ni sabías que necesitabas. O al revés. El número, solo, no te lo iba a contar.
El número es lo de menos
Un presupuesto es la descripción de un proceso con una cifra al final. Si la descripción no te deja ver el proceso —qué se hace, quién lo hace, qué queda fuera y qué pasa después—, la cifra no significa nada. Ni la baja, que puede esconder todo lo que falta, ni la alta, que puede esconder todo lo que sobra.
Los nuestros llevan la respuesta a esas cinco preguntas escrita, sin que tengas que hacerlas. Pídenos uno y compáralo con los que tengas encima de la mesa. Para eso están.